La TV en Cuba



Juan Gómez está dispuesto a pagar una buena cantidad para hacer valer su derecho a una información libre. Diez dólares es mucho dinero en la Cuba socialista. 

Es lo que Juan Gómez (nombre cambiado) paga cada mes para poder ver en secreto canales de televisión extranjeros en su diminuta vivienda en un barrio periférico de La Habana. Esta suma equivale a un salario medio mensual en pesos en una empresa del Estado cubano. 

Al igual que muchos de sus vecinos, Gómez tiene una conexión por cable ilegal por la que paga dinero a un hombre de su barrio que le suministra programas de televisión de Estados Unidos mediante una antena parabólica prohibida. 

El dueño de la antena trabaja en la clandestinidad, ya que arriesga un castigo sensible si se descubre su actividad. 

Es probable que “el socio” (alquila la transmisión por cable) entregue una parte de sus ingresos en forma de sobornos a la policía, para que lo dejen en paz, de la misma manera que la antena parabólica sólo pudo entrar en el país con la complicidad de aduaneros sobornados. 

“Desde hace más de un año y pico no veo canales cubanos”, dice Gómez, de 39 años. En vez de “TV Rebelde” o “Cubavisión” con sus interminables discursos de Castro, las incansables repeticiones de los debates del congreso de la Unión de Jóvenes Comunistas o las aburridas “Mesas redondas” sobre temas de actualidad, en las que sólo tienen cabida los puntos de vista del gobierno, los vecinos del barrio de Marianao prefieren ver el canal 23, que transmite en español desde la cercana Miami. 

Entre uno y otro noticiero se transmiten las populares telenovelas del mundo latinoamericano capitalista. Según el horario también se pueden ver las emisiones de CNN o del canal Discovery. Un total de 200 hogares está conectado por cable a una sola antena y se ven obligados a ponerse de acuerdo sobre los programas que quieren ver. 

Marianao es considerado desde hace tiempo un barrio rebelde de la capital cubana, por lo que no es de extrañar que allí muchos no hagan caso a la prohibición de antenas parabólicas privadas en la Cuba comunista. 

“No somos libres” “El cubano no quiere oír la propaganda del gobierno. El cubano quiere escuchar que se resuelvan sus problemas, de comida, de ropa, de aseo personal. El problema más grande es que no somos libres”, dice Juan Gómez. 

Al igual que otros muchos habitantes de Marianao, Juan se gana el sustento vendiendo productos en el mercado negro. Abandonó su empleo como trabajador en un frigorífico debido a que los 177 pesos ($7,80) que ganaba mensualmente no le alcanzaban para vivir. 

En opinión de Juan Gómez y sus vecinos, es muy difícil no entrar en conflicto con la ley en la Cuba socialista de hoy. Es cierto que cada cubano recibe mediante la “Libreta ” (cartilla de racionamiento del Estado) productos de primera necesidad a precios muy bajos. Sin embargo, las raciones alcanzan sólo para dos semanas. 

El cubano tiene que ingeniárselas para conseguir dinero que le permita adquirir productos en los mercados libres campesinos o comprar caro en las tiendas de divisas. “Criamos cerdos, pero está prohibido. Matar una vaca, vender cosas, hacer jabón, todo está 
prohibido. Pero apegado a la legalidad, uno se muere de hambre. 
Este país está viviendo prácticamente con la bolsa negra”, explica Juan. 

Ante esta realidad, la televisión extranjera ofrece la posibilidad de huir un momento de la propia miseria. Es cierto que las emisoras de Miami ofrecen imágenes de paraísos de consumo inalcanzables y que sus noticias son políticamente parciales. Aun así, los cubanos que pueden ver esos canales se enteran de cosas que los propios medios estatales ocultan. 


Por Klause Blume, Frankfurt
Para Deutsche Presse-Agentur / Agosto 30, 2005
Martes 29 de Junio de 2004