12 DE OCTUBRE
DE 1960: LA MASACRE
Todavía por aquel tiempo era política del gobierno
permitir la asistencia de sacerdotes a los que iban a ser ejecutados. Era una forma de proyectar una imagen
engañosa para encubrir ante la opinión mundial y nacional la verdadera
naturaleza de un proceso en el que, poco después, se desató una campaña nacional
rabiosamente anticlerical y antireligiosa en general. También así se ganaba tiempo para
preparar las condiciones que permitieran manipular las reacciones adversas que
se derivaran de los futuros pasos ya programados en el secreto esquema
totalitario.
El grupo que en este caso se proponían ejecutar tenía la
característica, sin precedente hasta aquel momento, de que no se trataba de
personas vinculadas real o falsamente a crimenes cometidos por el régimen
derrotado. En cuanto a Porfirio -
el más conocido y popular - se trataba de un dirigente estudiantil de origen
campesino, que se había alzado en armas contra Batista, por lo que al triunfo
revolucionario ostentó grados de capitán, y habiendo retornado a la vida civil, se
convirtió en figura nacional como dirigente de la FEU de la Universidad de Las
Villas. Plinio Prieto y Sinesio
Walsh fueron también oficiales del
Ejercito Rebelde, José Palomino fue un intachable integrante del Ejército
Constitucional.
Fue por todo ello que los verdugos accedieron a la
petición de Plinio, recién nombrado jefe de El Escambray, de formación católica,
para que se le permitiera ver a un
sacerdote.
El juicio, montado como un vulgar circo en el campamento
militar “Leoncio Vidal”, de Santa Clara, tuvo lugar durante el día 12 de
Octubre. En las calles de la ciudad
se reprimían manifestaciones por la vida de “El Negro” Ramiíez, muy querido por
la población local. Al caer la
noche se anunció un receso en el juicio hasta el día siguiente para dictar
sentencia. Así fue anunciado también por los medios de comunicación
nacional, lo cual dio lugar posteriormente a que se generalizara la idea errónea
de que la ejecución habia tenido lugar el 13 de octubre.
Aquella noche, sin embargo, unos militares tocaron apresuradamente a
la puerta trasera de la iglesia “La Pastora”, de Santa Clara, atendida por
sacerdotes Capuchinos, para que “un cura” los acompanara al momento y sin
excusas. El tal cura resultó ser el
fraile español Olegario de Cifuentes, aldeano recio, ya maduro, quien había
sufrido en su patria los horrores de la guerra civil.
A la mañana siguiente el padre Olegario expuso con
detalles, a un compañero universitario de Porfirio, todo lo sucedido aquella
noche. Poco tiempo después, ya
expulsado de Cuba, reiteró el mismo relato en varias comparecencias públicas
desde Caracas. Este, en síntesis,
fue su testimonio:
El sacerdote fue conducido discreta y apresuradamente al
campo de tiro militar “ La Campana” , ubicado en una zona rural no lejos de la
ciudad de Santa Clara, donde se encontraban los prisioneros fuertemente
custodiados. El ambiente era de
preparativos acelerados en medio de una evidente improvisación. A campo abierto el padre Olegario dedicó
unos minutos a cada uno de los cinco hombres que iban a morir. Confesaría a la mañana siguiente,
todavía conmocionado, que a pesar de ser un hombre curtido por su experiencia
personal en España, nunca podría olvidar la serenidad y la convicción conque
aquellos hombres le hablaron de las
razones por las que iban a morir.
Repitió -como quien cumple una misión, de la que hacía partícipe a su
interlocutor, quien esto escribe- detalles como las palabras conque Plinio le
transmitiera su mensaje final: “Muero confiando en los hombres”, y
como los cinco bromeaban entre sí y desafiaban con su valor natural a los
militares presentes. Por ejemplo,
expresó que Porfirio tenía en su boca un tabaco sin encender y uno de los
militares se acercó y le ofreció la llama de un fósforo, a lo cual “El Negro” le
contestó con una carcajada que no era hora de preocuparse por ese detalle si en unos minutos se lo iban a llenar
de huecos.
Poco después de las 9 P.M. se improvisó apresuradamente
el escenario. Las luces de los
jeeps y camiones militares se concentraron en los prisioneros, todos de pie y
atados. Ninguno aceptó que le
vendaran los ojos. Frente a ellos
se organizaron los integrantes del pelotón, distribuídos en dos filas: unos
delante, rodilla en tierra, y los otros parados detrás. Todos con armas automaticás, cuyas
ráfagas se repetieron sin cesar mientras los cuerpos
caían.
Al cabo del crimen se impuso un pesado silencio que duró
largos minutos. Los verdugos y sus
cómplices presentes quedaron paralizados, nadie se atrevía a acercarse a los
cuerpos sin vida.
Conto el padre Olegario que se vió precisado a asistir al médico forense, pudiendo
constatar que algunos, como Porfirio, tenían impactos de frente en la parte
superior del cráneo y en la espalda, por haber caído hacia delante, y otros los
presentaban debajo de la mandíbula con desgarramientos a sedal en el pecho, por haberse
proyectado su cuerpo hacia atrás con las primeras ráfagas.
Una verdadera masacre.
Con ese crimen pretendían ahogar en sangre y terror al
incipiente brote guerrillero de El Escambray. Sin embargo, no sólo en El Escambray,
sino en toda Cuba - inclusive donde no existían montañas - se multiplicaron durante años los grupos
de alzados, con derroche de heroísmo sin
límites.